Formatos de datos

Baranda

Agosto de 2001

©2001 Baranda.
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Este artículo fue publicado en el número 11 de la revista Todo Linux.

Estoy harto de recibir documentos que sólo pueden manejarse bien usando Word o Excel. Estoy harto de tener que buscar una herramienta que me permita ver de alguna manera al menos parte de la información que hay en esos documentos. Estoy harto de explicar a los que me los envían porqué no deberían hacer eso. Estoy harto de asistir a reuniones donde tengo que protestar porque alguien ha decidido que el ``estándar'' para la información que se intercambie será cierta versión de cierto procesador de textos. Estoy harto de ver sitios web que sólo funcionan con Microsoft Explorer o Netscape Navigator.

Y aunque todo esto me tiene muy cansado, de lo que, por encima de lo demás, estoy harto, es de pagar con mis impuestos a administraciones públicas que fomentan activamente estas prácticas, y de pelearme a diario con todo el mundo, que me considera un bicho raro y un pejiguero sólo porque en el sistema informático que uso no puedo usar un cierto programa. De vez en cuando me pregunto si esto será así para siempre, o habrá un día en que sean mayoría los que entiendan lo importante que es elegir un formato de intercambio de información. Algo que hoy día parece sin importancia a la mayoría de la gente, incluso de la gente que dice saber de informática.

Déjame que te cuente una historia

Las dos de la mañana. Las luces están apagadas en todo el edificio desde hace horas. Pero en esa mesa de la tercera planta un flexo sigue encendido. Si nos acercamos, podemos ver cómo Pepe Sufrido Asalariado, rodeado de cafés de máquina y con restos de bocadillo en la mesa, relee en la pantalla de su ordenador el informe urgente que le encargaron a eso de las cuatro de la tarde. ``Por favor, Pepe, trata de terminarlo esta tarde, y envíalo a la lista para que todos los participantes en el proyecto lo puedan ver mañana a primera hora''. Y Pepe tuvo que agachar la cabeza y pegarse al Word hasta ahora... Pero por fin está terminando. Un retoque acá, una revisión a la tercera página, y a guardar la versión definitiva. Ya sólo queda enviar el mensaje a todos, y a casita, a dormir un rato por fin.

La mañana siguiente, Maruja Enterada de la Libertad llega a su oficina, enciende su ordenador y se pone a leer el correo. Efectivamente, como le habían prometido, ahí está el mensaje de Pepe, con el informe que necesita para la reunión del proyecto. Qué bien. Vamos a leerlo... ``¡Pero no! ¡Otra vez un fichero Word! ¿Cuándo se enterarán de que yo, aunque quisiera, no puedo ejecutar Word en Linux? Vamos a ver qué puedo hacer con Wordview... Nada, error, no puede leerlo. A ver con Abiword... Bueno, algo se ve, pero de la tabla de la página tres, nada. Y esto acaba de golpe en la página 6... aunque el mensaje dice que son 15 páginas. Quizás tenga aún el StarOffice instalado por ahí. Pero no, lo borré la semana pasada, andaba mal de espacio. Y quizás tampoco lo habría podido leer.''

Maruja, de mal humor porque necesitaba ese informe, responde a la lista pidiendo por favor que se envíen los documentos en un formato neutro que ella (y otros) puedan leer. Por ejemplo, HTML. O quizás incluso ASCII, que para este informe habría bastado... Unos minutos después tiene la primera respuesta. Pepe envía un mensaje quejándose amargamente de que él estuvo hasta las dos para preparar el informe y que todo lo que recibe es una queja porque alguien no quiere instalarse el Word, como todo el mundo. Poco después, el jefe de proyecto contesta también, declarando Word como formato de intercambio de documentos para el proyecto, porque es lo más fácil y lo que todo el mundo usa, y ``sugiriendo'' a Maruja que no sea tan especial y que use Word y deje de ser ``rarita''. Las protestas de Maruja son inútiles. En la siguiente reunión del proyecto se habla de cómo hay que ser cooperativos y no tratar de imponer los programas que uno usa al resto de la gente. Así que, por favor, quien no tenga Word que vaya buscando un ordenador donde pueda usarlo porque de ahora en adelante todos los documentos han de estar en ese formato.

Esta historia suele tener siempre el mismo final: a Maruja no le queda otra que buscarse la vida y pasar a usar Word. Ella es una buena ingeniera y no quiere que en lugar de reconocerla por lo bien que lleva su parte del proyecto todo el mundo la recuerde como ``la que se empeña en que no usemos Word''.

¿Te suena?

De martillos y plumas

La mayoría de la gente usamos las herramientas informáticas como lo que son: herramientas. A poca gente le preocupa si un martillo es negro o rojo, lo importante es que sirva bien para poner clavos. A poca gente le preocupa en qué formato envía los datos, lo importante es que sea fácil que otros los vean. Y no se suele hacer mucho más razonamiento. Si esto es así, ¿por qué los usuarios de GNU/Linux estamos tan preocupados por todo esto? ¿Sólo porque usamos una plataforma (por ahora) minoritaria?

Para ilustrar el fondo del asunto, veamos otra analogía, que enfoca el asunto desde un ángulo diferente. ¿Qué pasaría si para escribir a mano nos obligasen a usar una única marca de pluma o bolígrafo? ``Para hacer estos rasgos especiales que hemos definido como abreviaturas en el Proyecto sólo se pueden usar plumas Parker del 1998, son las únicas con las que se puede escribir con la inclinación adecuada''. O ``si el documento no está escrito con un bolígrafo Rollpen Stylus Plus el reconocedor de escritura manual no funciona, así que en este proyecto todos tenéis que compraros uno de estos. Y de paso, sólo podéis usar papel Galgo Súper de 120 gramos, que si no el bolígrafo no escribe bien''. ¿Le parecería esto razonable a alguien? Pues ahora compara con ``hay que usar Excel98 en inglés para todos los documentos que se escriban en este proyecto'', ``la documentación sobre las ayudas públicas a la mejora empresarial está disponible en este documento que sólo puede leerse con Word2000'' o ``este sitio web sólo funciona con Cojo-Navigator 4.57''.

Aunque la analogía del martillo era buena, lo que está ocurriendo es más bien que hay ciertos clavos que sólo pueden ponerse con cierta marca de martillos. A su vez, esa marca de martillos sólo puede poner bien ese tipo de clavos. Como mucha gente usa esos martillos, se nos obliga a todos a usar esos clavos, y de vuelta, también esos martillos. Naturalmente, esos martillos no pueden conseguirse gratis, sino que los vende una cierta empresa, y además no caben en todas las cajas de herramientas, así que es posible que también tengas que cambiar la tuya. ¿Qué te parece? ¿Estará el mundo de la ferretería a punto de cambiar? Me parece que si eso estuviera cerca de ocurrir empezaríamos a ver más de una protesta, para empezar por parte de los carpinteros, acostumbrados a comprar la marca de martillos que más les interese.

Qué se gana, qué se pierde

Pero en el mundo de la informática somos los profesionales, los que nos dedicamos a esto en cualquiera de sus vertientes, los primeros que aceptamos dócilmente que alguien nos diga qué programas tenemos que usar. Y si alguien levanta la mano diciendo que él prefiere ``otra marca de martillos'', no vemos en él más que un exagerado que pone por su comodidad por delante de la de todos sus colegas. Naturalmente, este escenario sólo es compresible porque estamos completamente acostumbrados a él, y porque hay ventajas objetivas en proceder de esta manera. Somos muchos los que hemos sufrido situaciones donde hacer un documento como combinación de otros es una pesadilla sin fin debido a los distintos formatos de cada contribución. Por eso, cuando se consigue que todo el mundo esté de acuerdo en usar tal procesador de texto, lo que se percibe es una situación mucho más ventajosa para todos. De repente, con algo tan sencillo como usar la misma hoja de cálculo que mis colegas, puedo intercambiar con ellos todos mis trabajos sin más problemas. Se acabaron los problemas de formatos.

Sin embargo, desde muchos puntos de vista, con esta situación se pierde más que se gana. Por un lado tenemos la pérdida de libertad y de riqueza que supone el que cada uno use la herramienta que más prefiera. Por otro tenemos los problemas prácticos que supone la imposibilidad de ejecutar algunas herramientas en ciertos entornos (por ejemplo, es notorio que no existen versiones para GNU/Linux de las herramientas de Microsoft). También hay que tener en cuenta asuntos como la dependencia estratégica del fabricante del producto elegido como ``estándar'' o los potenciales problemas de incompatibilidad entre diferentes versiones de ese producto. Y, por si fuera poco, tenemos el espinoso asunto de la transferencia de recursos de los usuarios hacia la empresa que distribuye el producto elegido. Cada vez que una administración pública pone en su sitio web información para los ciudadanos en formato Word, está fomentando muy directamente la venta de ese producto que, como todos sabemos, tiene un único proveedor final. Imaginad que un Ayuntamiento obligase a sus ciudadanos a pagar un canon a una cierta empresa para poder leer lo que haya en el tablón de anuncios municipal...

¿Hay soluciones?

Bueno, espero que si al principio del articulo no eras consciente del problema, a estas horas ya lo seas... Si es así, probablemente te estarás preguntando, ``¿y qué puedo hacer?''. Como siempre, no hay recetas, pero creo que sí hay unas cuantas formas de afrontar el problema:

En general, sólo hay un consejo válido para todos los casos: sé persistente, y trata de ayudar a los demás a que entiendan porqué este asunto es importante para todos. En muchos entornos, va a ser difícil conseguir algo en poco tiempo, pero lo que está en juego merece el esfuerzo. La libertad suele tener un precio y costar cierto trabajo. Si queremos usar las herramientas que nos parezcan más convenientes, si no queremos tener que pagar a ciertas empresas queramos que no, vamos a tener que luchar por ello. ¿No te pàrece que merece la pena?



Jesus M. Gonzalez-Barahona 2002-01-09